jueves, 29 de diciembre de 2016

Casi una historia de aves I



Desde que un día descubrí como observar pacientemente a esos diminutos seres alados que con tanta soltura se desplazan de un lado a otro, no he cesado en mi empeño de aproximarme a sus vidas. No es que me haya dispuesto a realizar un estudio concienzudo de cómo son, cómo viven o porqué se comportan de tal o cual manera (cosa que por otra parte no deja de apasionarme). No, se trata de no dejarlos pasar junto a mí, como si fuesen la sombra de uno de esos grandes monstruos de acero que sobrevuelan nuestras cabezas allá por donde vayamos. Es fácil que con una guía al uso y unos prismáticos para poder acercarnos sin levantar sospechas, las aves se nos muestran ante nuestras pupilas tales y como son; criaturas de cuerpo cubierto de plumas que juegan, saltan, discuten entre sí, se aparean, se asustan, se acicalan; van y vienen de un lado a otro, tratando siempre de ser fieles a sus principios básicos, a saber: mantenerse limpias, hallar comida, tener un buen lugar de reposo y evitar conflictos. ¿Qué ser humano no estaría dispuesto a firmar para sí y para toda la vida estos principios? Ellas lo cumplen con tanta naturalidad que para la mayoría de nosotros pasa totalmente desapercibida su propia existencia.
Mis primeros conocimientos de aves fueron el desplume de las que mi padre traía, cazadas con trampas mientras araba. Entonces el terruño estaba duro; había que levantarse con las primeras luces, tener presente siempre las cabañuelas y luchar con las mulas para que obedeciesen la voz del látigo. Engullir arroz con carne de pájaros, cogidos por sorpresa, no era un capricho…se trataba de una necesidad. El poco conocimiento de aquellos años se pierde en la memoria y la clasificación de los alados estaba en función de su tamaño, ni siquiera de acuerdo a su canto o al color de sus plumas. Luego los segué a plomazos; agazapado tras una tapia esperaba que se acercasen sedientos al pequeño sumidero del pozo; podía oír el sordo encontronazo del proyectil contra la carne. Resultaba un orgullo pasear con la cintura repleta de cadáveres, ensartados hábilmente por los orificios nasales; la escuela del mañana –hoy ya-, se estaba forjando. Por fortuna no conseguí pasar la reválida y mis aspiraciones a escopetero quedaron en juego de niños, pero cuántos y cuántos amigos de entonces me aventajaron en sus estudios del medio y continúan aún luciendo las piezas cobradas, sólo que ahora de mayor tamaño y por el simple y llano placer de apretar un gatillo. A veces añora uno la existencia de la máquina del tiempo.
Dentro de lo que llevo leído con relación a los pájaros –que no es mucho, todo hay que decirlo-, me impresionó sobremanera un artículo aparecido en la prensa andevaleña, allá por el verano de 1988, de Juan Bautista Mojarro, intitulado “El pájaro azul”, el cual pasó a convertirse en mi mente, en firme estandarte –onda al viento-, en lo alto de un mástil. Nunca olvidé de que forma tan sencilla puede llegar a nosotros una estampa de amor salida de la propia naturaleza; cómo un ave con su pico es capaz de transportar por una corriente de agua a sus crías, dentro del nido, para ponerlas a salvo de un peligro inminente. Sencillez en la narración del autor, sencillez en el comportamiento del emplumado y sencillez en la forma de difundir el mensaje a través de la publicación diaria, tan escasa a veces de colaboraciones que lleguen a esa fibra que hace ponernos los bellos erizados. Puede pensarse que se trata de algo excepcional, que raras veces hemos de encontrar por esos campos; sin embargo con una buena dosis de paciencia y dejándolas desenvolverse con libertad, las aves nos ofrecen fotogramas que bien pudieran parecer estar realizados expresamente para el celuloide. Sus movimientos, pautas de conducta y belleza estética, llegan a producirnos el mismo placer que una degustación literaria ante una buena chimenea. Son actores que trabajan de forma gratuita por el simple placer de expresar sus sentimientos.
Desde la antigüedad resultaron ser causa de envidia. El artista ateniense Dédalo pretendió que su hijo Ïcaro escapase de su encierro colocándole unas alas sostenidas con cera. Le dio buenas instrucciones, pero en su intento de querer aproximarse en demasía a las facultades aviares, terminó perdiéndose en el mar. También los egipcios supieron encontrar con Fénix todo un legado para los siglos posteriores. Cada día podemos ser capaces de resurgir de nuestras propias cenizas y enfrentarnos con lo que nos echen con tal de demostrar que estamos vivos, que aún quedan tuétanos para llevar adelante nuestra particular cruzada. Los fabulistas hallaron de igual forma, materia prima en los alados y a pesar de que el milano no sale muy bien parado en sus encuentros con los genios de la pluma, es posible que fuese porque a alguien le tenía que tocar hacer de malo en esa película. Por el contrario a nuestra querida ciconia se les asigna un papel de bienhechora.
Sirvan para ilustrarnos, los siguientes versos del riojano Félix María de Samaniego:

Las sencillas Palomas consintieron;
aclamarle por rey: “¡Viva, dijeron,
nuestro rey el Milano!”.
Sin esperar a más, este tirano
sobre un vasallo mísero se planta;

Sin duda alguna que se hubiese ahogado
un lobo con un hueso atragantado,
si a la sazón no pasa una Cigüeña.

Se pretendió emular sus vuelos –tragicómicas escenas de hombres alados tratando de mantenerse en el aire-, llegó el motor de explosión y los monstruos de acero comenzaron a tomar forma. El hombre, sin cesar en su empeño, y tal vez reflexionando sobre los versos de Machado

¡Qué fácil es volar, qué fácil es!
Todo consiste en no dejar que el suelo
se acerque a nuestros pies.

logró con la ayuda de la técnica y el arrojo de unos cuantos valientes, flotar junto a las nubes, aprovechar las corrientes de aire –de igual forma que lo hacen nuestras águilas- y contemplar pausada y calladamente el fascinante espectáculo que desde su privilegiada posición en el espacio visionan las aves, día a día, desde los albores del Eoceno.

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