lunes, 11 de abril de 2016

Cuaderno de campo: Encina


¿Qué tienes tú negra encina

campesina

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Se preguntaba Don Antonio Machado comparando su figura con la de otros árboles y el mismo poeta nos hace ver la enorme expansión geográfica de la vetusta encina, adaptada a nuestra península y a nuestro clima como pocas especies.

La encina (Quercus ilex) de la familia Fagaceas es algo consustancial al paisaje tórrido del sur y así la podemos encontrar en la Sierra Norte de Sevilla ofreciendo su fruto (bellota) al ganado y sus ramas a multitud de especies animales, para que de ella hagan lugar seguro donde sacar adelante sus crías. Alanís, Constantina, El Pedroso, San Nicolás del Puerto, son algunos de los pueblos de la sierra ligados a este árbol y sus vicisitudes. Las hojas de la encina –coriáceas y pinchudas- dan idea de las dificultades del conjunto para encontrar agua suficiente. A base de transpirar agua, energía solar y temperaturas altas, el árbol transforma los materiales terrestres basados en la química del silicio en productos con carbono, de tipo orgánico. Las hojas de los árboles con sus caprichosas formas, coquetean con el carbono ofreciéndole hospedaje, pero a veces las relaciones con los minerales del suelo no son de buena vecindad y ésta termina descomponiéndose en el suelo para entrar de nuevo en el ciclo aunque sea parcialmente; como vivimos de ellos, hemos de hincar el filo del acero en su dura piel. Procuremos que la herida sea producida en sus justos términos: época precisa, ramas adecuadas, daño imprescindible, personal adecuado, directrices oportunas.

Al final ellos siempre nos lo agradecen. La encina –sin que nadie se lo diga- procura crecer rodeada de pinchudas carrascas, protegiéndose así de la visita de los herbívoros. La rentabilidad económica del bosque mediterráneo –del que la encina es su más fiel representante- puede ser elevada si se realiza un aprovechamiento integrado de todos sus recursos: ganadería, caza, corcho, leña y carbón vegetal; en el Plan Forestal Andaluz se contempló repoblaciones con encinas –entre otros árboles- para subsanar la nefasta política de los años sesenta, que nos llenó los campos de ecucaliptos a costa de los milenarios Quercus. Otro tipo de ayudas, de origen comunidad europea, también está consiguiendo llenar de plantaciones, terrenos que antes estaban baldíos. Esperemos que estos planes puedan llegar a buen puerto, y vayamos recobrando nuestros bosques por el bien de toda la comunidad.

En la Odisea podemos ya encontrar referencias a este árbol; así Penélope le dice a Ulises: “No creo que seáis de esos hombres que no conocían a sus antepasados y afirmaban haber nacido de una Encina y una Roca”. De ella se obtiene picón, carbón, bellota para el ganado; tolera el calor, el frío, las sequías prolongadas y las podas más brutales. Se lleva bien con el alcornoque, el madroño, el brezo, el lentisco, las jaras, el cantueso, el águila imperial, el lince, el lagarto corredor, el sapo partero…no nos debemos extrañar, por tanto, que en la Grecia antigua, los vencedores en los juegos nemeos luciesen en su sien una corona de ramas de encina. Puede alcanzar los veinte metros de altura, vivir mil años y dar cobijo a su sombra a mil quinientas ovejas. Del bosque de encinas que cubrían nuestra península, hemos pasado a todo tipo de cultivos: pastizales, pinares o eucaliptales, quedándonos como mal menor la dehesa, forma de convivencia que parece la más idónea para el hombre y el árbol. Confiemos que esto sea así y dejemos de ver desaparecer más ejemplares de la que ha llegado a ser considerada como árbol nacional: la encina.

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con tus ramas sin color

en el campo sin verdor;

con tu tronco ceniciento

sin esbeltez ni altiveza,

con tu vigor sin tormento,

y tu humildad que es firmeza?



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