viernes, 20 de noviembre de 2015

Entre Sevilla y Buenos Aires


                                                        Martes 4 de julio de 2006
Comienza el día con la visita a una monumental librería cimentada en lo que fue un teatro: El Ateneo. Aquí el asunto de los libros se vive de forma diferente y el personal entra, coge un libro, se sienta y mientras se toma un café, lee todo lo que puede, es como una biblioteca. El sitio impresiona y recuerda el antiguo cine Imperial en la calle Sierpes sevillana donde hicieron algo parecido. En la calle las grandes avenidas siguen llamando la atención, nos mandan de cuadra en cuadra y el sentido de la orientación bajo un cielo gris plomizo no hay forma de pillarlo: comenzamos a movernos en un sentido y de pronto nos paramos a preguntar y resulta que es en el sentido contrario. Las calles tienen números altísimos: 1900 o 2350 y cosas así. Desembocamos en la conocida Avda. del 9 de Julio y buscamos el pilón del obelisco para no perdernos. V. no se encuentra bien y vamos a comer a un restaurante modesto y coqueto una trucha asalmonada con patatas fritas-cocidas y salsa; el postre es un flan casero para chuparse los dedos. Mientras tanto Italia y Alemania se disputan un pase a la final y el gentil camarero de gruesos dedos nos toma una foto para el recuerdo. Pronto cae la tarde y la luz artificial se apodera de las calles: en cada montículo de bolsas de basura hay una o dos personas que van depositando en una enorme saca el cartón, los plásticos, el vidrio y no sé sí algo más; pocos niños por las calles. Visitamos la histórica Plaza de Mayo, con la sede del antiguo Congreso, la majestuosa casa Rosa, el banco del Estado, Hacienda, el Ministerio del Interior y probablemente alguna otra cosa importante que se nos pasó. El despliegue policial es notorio, con sus petos fluorescentes para que se les vea bien. Estar en medio de esa plaza y a esa hora, sencillamente impresiona. Cerca de allí un grupo de rok callejero trata de distraer la atención de la masa que cruza las amplias avenidas como si de una gran manada se tratase. Edificios enormes de más de veinte pisos, gran cantidad de tráfico y un asunto por resolver que felizmente llega a su término gracias a la perseverancia de V. que no deja nada en el olvido: sabe que me pasa algo y quiere que lo cuente. Por momentos, desde que despegamos de San Pablo he sentido malestar pero quería superarlo y no darle motivo alguno de preocupación. Ella lo nota todo y no le gusta; gracias a nuestro poder de entendimiento ponemos las cosas en su sitio y la llegada a Buenos Aires comienza a ser otra cosa. Hay un fondo de amor entre nosotros que hace que podamos salvar esos momentos; ella dice que soy débil y me siento inseguro con las situaciones que no domino. Yo no sé lo que es, sé que ha habido momentos de angustia, que era consciente que pasarían y me sentía con fuerzas de afrontarlos. La charla ha conseguido que comience a ver el miércoles como un día menos que nos queda para disfrutar de este viaje, esta estancia única y esta oportunidad que me ha brindado la vida. V. está consiguiendo que me sienta cada día más lleno de felicidad.
                                            

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