lunes, 18 de agosto de 2008

Materia Explosiva

Lo sé. Antes de empezar con este proceso ‘evolutivo’ donde se cruzan las miradas de animales exóticos deberías saber que todo es relativo, que nunca apunto todas mis energías en una persona. Me da miedo redescubrir sabores, me gusta la esencia de las cosas aunque a veces me tiña el pelo porque cansa eso de verse siempre igual, porque no quiero verme tan sólo como un ser rizomático. A veces el corazón se queda apresado por una infinidad de silencios que suben y bajan, que forman espirales incomprensibles. Son pocas ocasiones las que hablo del interior al exterior porque arrastro un lastre insoportable cosido a los ojos, una materia explosiva que sólo encuentra palabras en abstracto, pero sin ella mis brazos se sienten vacíos. Pensaba que todas las pasiones que se entrecruzan dentro de nuestro pecho esquinan la vida, pero quizás estaba confundida. Ella sigue caminando por sus pasos naturales y yo estoy cansada de sentir las pérdidas del Ser, de mí misma. De mis métodos extraños de decir tequieros y noteolvidos. De enredarme en mi propia sustancia de miedos que me hacen evitar los co-razones sin trampa ni cartón, los dos cíclopes que se miran en el origen del mundo. La adecuación anatómica de dos cuerpos me apabulla cuando son más que besos híbridos haciendo cronocroquis en mi piel, crea una conmoción extraña en todas mis vísceras y palabras ingrávidas en el espacio de mi boca. Llegados a este punto suelo dar la coz y dejar algún momento roto, pero tu nombre es un nudo en mi vientre y ya no sé si voy un paso por delante. Pero sé que todos portamos impulsos que no se pueden medir con electrocardiogramas, que me enderezo de un golpe cuando llenas el pozo de mi inspiración y sudo tu sudor. Quizás por eso ahora, al probar el roce de tus poros, las ideas se difuminan. En momentos te leo y es como escucharme a mí misma. Me entra un cosquilleo en los pies, entonces abro un archivo de texto y dejo el cursor parpadeando sobre el blanco de la hoja imaginaria, saco dos chicles de menta e intento distraerme haciendo pompas. Es mejor eso que acabar cogiendo un cigarro. Pero me resulta extraño. Sabes que suelo hablar por los codos y ahora… apenas sé como continuar escribiendo un mensaje de móvil, que son menos palabras. Escribo y borro de manera convulsiva. “Te haré un vídeo”. Prometo. “Uno de esos que no digan ningún nombre pero que mientras lo escuches te veas latiendo en mis palabras”. Pero luego doy marcha atrás y pongo lo primero que pasa por mi cabeza. Joder, qué lío. Creo que últimamente actúo por impulsos. Ya no los controlo. Me he cansado de hacer el papel de mi propia madre. Nosotros escogemos ¿no? Por eso poco a poco el epicentro se encuentra en otra parte que no soy yo misma, hago poemas sin vértebras y no hay huesos que sujeten estas cajas de resonancia, pero es difícil. Trato de ponerle voz a lo que no tiene palabras y palabras a lo que no tiene voz, pero ni siquiera sé como finalizar un texto. Quizás todo sea más sencillo y sólo deba dejar que fluya todo hacia fuera. Eso no es malo ¿no? Quizás es mejor así. No sé. Había olvidado completamente cómo decir te quiero.


Saray Pavón Márquez.

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